The RoadCaminando por el infierno09-feb-2010 José Ángel Barrueco Franco
John Hillcoat adapta "La carretera", de Cormac McCarthy, apostando por el riesgo que supone la fidelidad exhaustiva al original.
John Hillcoat, director de la interesante “The Proposition”, ha hecho una arriesgada adaptación de “La carretera”, esa obra maestra de la literatura escrita por Cormac McCarthy. El riesgo está en proponer a los espectadores una fidelidad casi extrema al libro, lo que depara poca acción y aventuras a quien vaya al cine pensando que va a asistir a una secuela de “Mad Max”. Nada más lejos de ello: “The Road”, como la novela, es un relato en el camino sobre un padre y un hijo tratando de sobrevivir. Y la supervivencia, aquí, consiste en conseguir cada día algo de comer y en esquivar a los extraños. El principioAsí comienza el libro de McCarthy (Mondadori; traducción de Luis Murillo Fort): “Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había”. Ese inicio, con el despertar brusco, la ropa raída que recuerda a los mendigos que vagan hoy por nuestras ciudades y la alusión a un hombre y a un niño, ya aparecen en la segunda escena de la película de Hillcoat. Porque la primera está reservada a darnos un adelanto de lo que fue el mundo ideal, de lo que era el pasado: el hombre (un espléndido Viggo Mortensen) y su mujer (Charlize Theron) comparten un momento en su casa. De la luz y la claridad pasamos en un segundo a la oscuridad y a la tiniebla. ContrapuntoEsos flashbacks sirven de contrapunto entre el pasado y el presente, entre un mundo que parecía un refugio (el hogar, la cocina, la estabilidad, la mujer embarazada) y un mundo inhóspito e infernal (el camino, los bosques quemados, las playas grises, los hombres convertidos en bestias y en caníbales). Hillcoat utiliza dos recursos para establecer el paso del tiempo en los personajes que viven en la casa, en los mencionados flashbacks: en el caso de la mujer, su vientre plano, más tarde su embarazo y, finalmente, su maternidad; en el caso del hombre, su desaliño facial, primero bien afeitado, después con bigote y ya, por fin, con una barba desarreglada. Esas vueltas breves al pasado acentúan aun más, si cabe, el drama del padre y de su hijo: les falta un refugio, les falta la luminosidad de una madre, les falta todo. La cámara del director lleva a los espectadores por un mundo arrasado y apocalíptico. Nunca se sabe por qué el planeta ha pasado por el caos y la destrucción, y tampoco se sabía en la fuente original. Hillcoat ha sabido plantear bien los términos y su simbología: no se requieren demasiadas explicaciones para que el espectador sepa que el padre simboliza el pasado, que lleva dentro la desconfianza y la crueldad del hombre que hará cualquier cosa para sobrevivir y proteger a los suyos, desde dejar a una persona desnuda en el camino, hasta abandonar a un anciano medio ciego; el hijo simboliza el futuro, y en su interior anidan la curiosidad, la ingenuidad y la bondad, sus intereses son más humanos que los de su padre, tal vez porque aun desconoce lo crueles que pueden llegar a ser los hombres. Un equipo perfectoLo más notable de la adaptación está en los silencios entre padre e hijo, en la acertada partitura que han compuesto Nick Cave y Warren Ellis, en la extraordinaria fotografía del español Javier Aguirresarobe, en las interpretaciones de Mortensen y el niño Kodi Smit-McPhee, en la pinceladas sobrecogedoras que retratan a esos cazadores de hombres y a los vagabundos que pululan por los caminos. Sin olvidar los cameos: Robert Duvall en la piel del viejo; Michael K. Williams (el inolvidable Omar Little de “The Wire”) en el papel de un ladrón furtivo; y Guy Pearce como el veterano que aparece hacia el final. Todo ello refleja cierta poesía del Apocalipsis, cierta belleza de lo siniestro. Por algún motivo, este equipo perfecto, incluido el guionista Joe Penhall, ha sido olvidado en las nominaciones a los Oscar. El problema de las adaptacionesEn las adaptaciones de las obras maestras de la literatura, por mucho que sus responsables se esfuercen, siempre falta algo. Y lo que falta en este filme es la profundidad de la desoladora novela de McCarthy, casi siempre punteada por los magníficos diálogos que sostienen padre e hijo. El espectador sospecha que esos diálogos estaban en el guión original, pero al parecer John Hillcoat tuvo que cortar mucho en la mesa de montaje (lo afirma en una entrevista concedida a Imágenes de Actualidad: nº 299, febrero de 2010). Esa falta de profundidad, que se sugiere y se intuye pero no se aprovecha tanto como en el libro, es lo que convierte a “The Road” en una buena película y no en una película excepcional.
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